Creo que la costa colombiana tiene una tristeza propia. Mucha gente piensa que, como se baila mucho, la vida es alegre. La realidad es que es un territorio golpeado desde hace siglos por la historia y por los procesos coloniales, con heridas que nunca se han cerrado.

Hasta hoy vemos una región que sufre no solo por el abandono de un modelo estatal profundamente centralizado, sino también por la existencia de clanes económicos muy poderosos y formas de “vida” que descienden directamente de estructuras heredadas de la esclavitud. El racismo y el clasismo están muy arraigados, especialmente en una ciudad como Cartagena, mi lugar de origen.
Hay quienes dicen que existen dos Cartagenas… Y si la miras bien, es cierto: está la de los hoteles, los edificios bonitos y el turista, y está la otra—la olvidada, a la que parece que le echan pavimento como si eso solucionara los problemas de fondo. Es una ciudad donde vivir puede ser complicado: abuso policial, caos vehicular, esa sensación permanente del “sálvese quien pueda.”
La desesperanza de mis letras nace mucho de haber vivido ese entorno. A veces es una esperanza putrefacta; otras veces es simplemente un vómito liberador.
Realmente no empecé en ninguna escena. Cuando era adolescente, en mi ciudad no había bandas góticas, ni en el presente ni en el pasado, así que mi formación fue bastante solitaria. La costa es una región profundamente cristiana y moralista, donde vestirte de negro o verte diferente puede convertirte de inmediato en ‘el satánico’. Y eso siempre me ha parecido una contradicción fascinante: como si Satán no pudiera vestir corbata, como si sus hijos no pudieran ser presidentes.

Descubría música por internet y armaba ese rompecabezas desde mi cuarto. Lo que me atrapó primero fueron las letras, la música y la manera en que esas bandas hablaban de la muerte, el deseo, el vacío o el horror. Me marcaron mucho Misfits, Parálisis Permanente y Lacrimosa, que fueron de las primeras cosas que encontré en esas búsquedas. Pero la otra puerta enorme fue la literatura de terror. Empecé por Poe, Lovecraft y otros clásicos. Lo que más me fascinaba era la posibilidad de que los monstruos no tuvieran que vivir en un castillo europeo o en un lugar lejano, sino que pudieran estar caminando entre nosotros…
Esa idea terminó siendo mucho más importante para Píldora Letal que cualquier referencia cinematográfica. Y cuando después conocí las ideas de Caliwood y el concepto del gótico tropical, sentí que muchas de esas cosas que había descubierto por separado podían encontrarse en un lugar mucho más cercano a mí. El terror, lo sobrenatural, lo oscuro y lo monstruoso podían existir también bajo el sol, en el trópico, entre la música popular y las calles que conocía. De repente ese imaginario dejó de sentirse tan lejano y empezó a tener un territorio propio.

Este proyecto es una parte de mí que durante mucho tiempo tuvo miedo de salir… Soy una persona tímida, así que cuando empecé me daba mucha pena estar frente a la gente; durante un tiempo usaba una máscara de tela porque no quería ser visto. Después apareció el maquillaje y descubrí que podía convertir el escenario en un lugar donde el horror, los monstruos y los sueños tomaban cuerpo. Ahí fue donde realmente nació Píldora Letal.


Con el tiempo esa exploración dejó de quedarse solo en mi cara. Empecé a pensar en la iluminación, la decoración, los visuales y todos esos detalles que terminan construyendo una identidad completa. Me interesa que el concierto se sienta como entrar a un universo, no solo ver una banda tocando canciones. Terminó encontrando una voz propia.
Me gusta mantener cierta separación con mi vida cotidiana; prefiero pasar desapercibido cuando camino por la calle. Aunque ya me reconocen, otras personas me han hablado de mí en tercera persona, lo cual siempre es divertido. Lo bonito es que puedo ser alguien más entre la gente y, unas horas después, subir al escenario y construir una imagen que quizá se quede para siempre en la memoria de quien estuvo ahí.
Para mí el DIY no es una etiqueta para vender; nació de la carencia.

Desde que empecé a producir música me ha tocado hacer prácticamente todo yo, porque en la ciudad donde nací no tenía acceso a las herramientas ni a los espacios para hacerlo de otra manera.
Me tocó trabajar de celador para comprar un computador, aprender mezcla por mi cuenta, hacer portadas, editar videos y resolver cada problema conforme aparecía. Ahí entendí que el DIY no es hacerlo todo porque uno quiera controlarlo todo; muchas veces es hacerlo porque, si no lo haces tú, simplemente no ocurre.
Mudarme de la costa a Medellín a los 17 años fue un cambio que significó muchísimo para mí; al principio sentía que estaba huyendo de muchas cosas malas que me habían pasado, pero con el tiempo empecé a verlo como un nuevo comienzo. Venía de una experiencia bastante dura, incluso de estar encerrado en una fundación cristiana donde ofrecían tratamientos psiquiátricos y teológicos bastante cuestionables, así que llegar a la ciudad y ponerme a escribir en la calle con una máquina de escribir fue mi forma de empezar a construir mi propia vida.


Durante cuatro años estuve escribiendo y vendiendo poemas improvisados en los andenes todos los días. Al principio fue una manera de ganarme la vida haciendo algo que me gustaba, y esa misma dinamica me llevó a conectar con la gente. Recuerdo que cuando di mi primer show en Medellín había tres personas; hoy ya llenamos salas de 400 personas con Píldora Letal.
Este año decidí soltar la máquina en la calle. Escribir a diario en los andenes empieza a sentirse, no tanto en el cuerpo como en la cabeza, pero dejar la máquina no significa dejar de escribir: todo lo que viví en esos andenes me encendió la chispa para armar mi primer libro, reuniendo textos escritos durante esa época, historias de la calle y alguna que otra ficción.

Según yo el horror nunca ha sido un género: ha sido una manera de nombrar una realidad que ya existe.
Creo que esa contradicción se filtra directamente en el sonido de Píldora Letal: la sensación de que la belleza y el horror conviven en la misma calle, de que puedes encontrar un beso o una fiesta justo al lado de una noticia que te rompe el día.

A veces pienso que vivimos detrás de bambalinas de un circo donde nos toca seguir bailando mientras todo se desmorona. El mundo se ríe, y de pronto aparece un hombre con uniforme y te borra la risa de la cara; te desfigura la alegría y después escribe otra versión de la historia.
Nunca hubo una separación entre los poemas y las canciones. Empecé escribiendo sobre los dolores de un adolescente al que intentaban despojar de cualquier impulso de vida para volverlo alguien funcional y aceptable. Muchos dirían que hacer música era terapia, y sí: en un país donde la terapia muchas veces cuesta la vida, uno termina inventándose otras formas de sobrevivir.
Con los años dejé de escribir sólo desde la herida inmediata — es un ir y venir permanente. Hoy la música y la escritura construyen el mismo universo: uno donde puedo ser un vampiro mientras voy a comprar tomates a la tienda.

Lo curioso es que yo nunca salí a buscar la etiqueta de “gótico”. Caí ahí casi por accidente. Siempre he sentido que las definiciones sirven para orientarnos, pero también pueden volverse una jaula.
Cuando empecé a trabajar ideas como el gótico tropical descubrí que mucha gente empezó a adoptar a Píldora Letal como parte de esa conversación, y eso me parece muy valioso porque durante mucho tiempo ese concepto existía más en el cine y la literatura que en la música.
Sé que la Píldora va a seguir mutando. No me interesa quedarme quieto dentro de una sola etiqueta. Pero si algo de lo que hemos construido ayuda a imaginar un gótico hecho desde Latinoamérica, desde el calor, la contradicción y nuestras propias historias, siento que ya dejó una huella.

Escribir es para mí un placer: convierte los sueños en retazos del tiempo, copiados sobre la piel. Desde la oscuridad pueden brillar incluso las luces más pequeñas. Puedo habitarla sin pretender ser el sol; puedo ser una luciérnaga que enamora los ojos perdidos de los muertos que regresan, por un instante, a bailar entre nosotros.


Llevo marcados en la piel los años, el sol, la sal del mar y la suavidad de la arena. La ciudad, en cambio, es para mí un monstruo que devora los sueños y los escupe para después hacerlos desaparecer en ese silencio cómplice de los vecinos chismosos.
A veces no hay mejor lugar que la soledad, o la potente contraluz de un escenario, donde podemos representar nuestros temores y nuestro amor como las dos caras de un mismo adiós.
-Kiniz x Dead Relatives.